Cuestión de Actitud: Una visión plausible de las relaciones interpersonales por Carlos M. Palacios Maldonado

Cuestión de Actitud: Una visión plausible de las relaciones interpersonales por Carlos M. Palacios Maldonado
Titulo del libro : Cuestión de Actitud: Una visión plausible de las relaciones interpersonales
Fecha de lanzamiento : August 8, 2018
Autor : Carlos M. Palacios Maldonado
Número de páginas : 102

Obtenga el libro de Cuestión de Actitud: Una visión plausible de las relaciones interpersonales de Carlos M. Palacios Maldonado en formato PDF o EPUB. Puedes leer cualquier libro en línea o guardarlo en tus dispositivos. Cualquier libro está disponible para descargar sin necesidad de gastar dinero.

Carlos M. Palacios Maldonado con Cuestión de Actitud: Una visión plausible de las relaciones interpersonales

Lo meritorio de este ensayo está en su intento de lograr que, de una vez por todas, se entienda que hay una relación inescapable, para bien o para mal, entre las actitudes individuales y el comportamiento del conjunto social. Considera que las actitudes individuales son absolutamente decisivas en el funcionamiento de las relaciones interpersonales, más importantes y decisivas que cualquier ideología, normatividad o estructura organizativa que pretenda disciplinarlas y encauzarlas. Cree que las transformaciones sociales hacia el bien mediante arbitrios exclusivamente organizacionales, son solo sueños inalcanzables, sueños de perro, si no se sustentan en actitudes individuales que apunten en esa dirección. Además, para alcanzar el bien común es necesario que las actitudes individuales buenas se pluralicen a tal punto que no dejen espacio a las malas. Si esa pluralización no se produce, tampoco es posible lograr el bien común en la magnitud necesaria; para explicar este requisito el autor se apoya en el conocido relato del centésimo mono.
En el mundo de las actitudes existe un ciclo tipo feed-back, con fases de interioridad, exterioridad y retroalimentación, que tienen lugar en un mismo individuo pero en momentos diferentes. La primera es interna al sujeto, pertenece exclusivamente a su vida interior, y nadie más que él conoce sus virtudes y defectos, sus miedos y esperanzas, sus fortalezas y debilidades. En la segunda, las actitudes individuales se vuelven conductas y son perceptibles por el otro. La tercera fase, consecuencia de la segunda, transmite sus desarrollos a la primera, reiniciándose así el ciclo.
Las actitudes y conductas se propagan a través de mecanismos sociales que denomina: dominó, demostración y presión. El primero se produce en forma casi inevitable; el segundo se basa en la imitación; y el tercero en cierta necesidad práctica de someterse a la presión social. La mala noticia es que estos mecanismos también sirven a la propagación del mal.
Jesús coloca el desarrollo espiritual individual en el centro mismo de las soluciones sociales, muy por arriba de las organizacionales. Su ética se eleva sobre las estructuras éticas humanas, de modo que su mandato de amor, piedra angular de su mensaje respecto a las relaciones interpersonales, llega a abarcar todo lo bueno que se pueda hacer en favor del prójimo. En ese marco, una actitud modélica respecto a cómo deben ser las relaciones entre los seres humanos emerge inequívoca, clara e insoslayable del conjunto de su magisterio. Lo hace en tres categorías: lo que debe ser, lo que no debe ser, y lo formal.
Lo que debe ser consta mayormente en el sermón del monte, en especial una disposición anímica para construir cierta clase de amor que no excluya a nadie. Lo que no debe ser también está inmerso ahí, como: violencia, injusticia; hipocresía, adulterio, robo, falso testimonio, etc. Entre los aspectos formales están aquellas otras aristas de la actitud individual que parecerían ser de poca monta, sin serlo en modo alguno, como: el ser sobrios, precisos y responsables en el uso del lenguaje; el de ser coherentes en lo que decimos y hacemos, salvo cuando ello atente contra la verdad y la justicia; el de ser francos y abiertos; el de ser sencillos y humildes (“pobres de espíritu”) en nuestras relaciones con los demás; el de ser lentos en cuanto a reaccionar con iracundia frente al mal; el de no anhelar ocupar siempre los primeros lugares; el no presumir de ser justos, etc.
Por último, se puede apreciar que pese a la importancia de la actitud individual, el autor no cae en la tentación de proponer soluciones intervencionistas desde el poder, esto es, desde el ámbito organizacional-ideológico, para disciplinarla, y no lo hace porque cree que la actitud individual de los interventores adolece de las mismas aberraciones del común de la gente. Simplemente da el clarinazo de que ahí, en la actitud individual, reside la clave del auténtico desarrollo social.